Friday, February 09, 2007

Arguedas: una manera de migrar

Augusto Rubio Acosta

El mundo andino, primordialmente indígena, mestizo y campesino, producto del encuentro y transformación de culturas producido cientos de años atrás, sufre una nueva transculturización al migrar sus habitantes a la costa, fenómeno que afecta también a los mestizos, involucrados desde entonces -los años 50- en una verdadera avalancha social que transformó la urbe y la manera de ver el mundo de quienes hemos nacido en esta tierra. Los andinos pensaron que al pisar las playas de Chimbote –aun con doce mil habitantes y una hermosa bahía- conseguirían prosperidad, educación, escapar de la pobreza, conocer mejor a su país e interrelacionarse con coetáneos de similar condición, raíces y sueños; lo único que consiguieron fue ahondar más las diferencias sociales ya existentes, alimentar el caos en la ciudad y motivar que un narrador excepcional como José María Argüedas se interese en captar la esencia de los cambios que el capitalismo y la modernidad iban generando en un mundo complejo y variado como el nuestro.

La historia personal de Argüedas es también parte de la migración, es hablar de un ser con trasfondo mítico, raíces milenarias y ancestro cósmico, es entender a alguien que fijó su residencia permanente en la tierra, que estuvo incrustado en el surco fértil como a la roca y al cielo azulino desde donde podemos mirar al infinito y lo entrañable de nuestra condición de hombres.

En Chimbote, durante los años cincuenta, todos éramos pescadores, artesanos, comerciantes y alguno que otro profesional, digamos, de clase media. El alto horno de Sider vomitaba ya su estela naranja y una naciente industria pesquera anunciaba que pronto nos convertiríamos en la potencia industrial mundial que después fuimos. En ese interín, cien mil personas tomaron el tren de la sierra hacia Chimbote para hacinarse en barriadas peligrosas, insalubres y sin nombre, que formaron enormes cinturones de miseria donde los pescadores derrocharon lo que tenían.
La industria de la harina de pescado convirtió a la caleta en el puerto pesquero más grande del mundo y al Perú en el primer productor mundial de ese valioso insumo. La ciudad se coronó por el humo de las plantas y quedó cercada por el mal olor del procesamiento del pescado. Las playas fueron destruidas de a pocos por una industria pesquera que creció sin planeamiento dentro del área urbana y arrojó sus desperdicios directamente a la bahía. Huelgas, invasiones de terrenos, conflictos legales, enfrentamientos con la policía; el proceso caótico, dinámico, pero también agónico, nos convirtió en populoso emblema del desarrollo peruano y en poderoso polo de atracción para sociólogos reputados del Perú y el mundo que llegaron a nuestro suelo “para entendernos”.

Cuando Arguedas pisó Chimbote y empezó con ese ir y venir que lo hicieron parte de nuestro paisaje, ya era un novelista reconocido internacionalmente por su novela Los ríos profundos y sus trabajos antropológicos sobre la memoria étnica andina, cuya teoría cultural suponía una nacionalidad heterogénea donde la sociedad criolla dominante fuese capaz de reconocer los derechos del mundo indígena no sólo como una cultura legítima sino como parte intrínseca de la diferencia nacional. Argüedas encontró en el puerto la complejidad y el conflicto de la migración andina, la modernización compulsiva y también la puesta a prueba de la existencia de ese mundo. Como investigador de la Universidad Agraria, el narrador entrevistó en nuestras barriadas a los migrantes recientes, sin darse cuenta que lo que estaba forjando era una novela que denominó finalmente, “El zorro de arriba y el zorro de abajo”. José María encontró entre nosotros el mensaje irredento de la tragedia y la epopeya que en que consiste el Perú, halló el símbolo de la resistencia, su apropiación y recodificación cultural y vislumbró su porvenir.

El novelista supo desde un inicio que el movimiento migratorio, era un desplazamiento cuya dimensión social y humana resultaba trágica, pero cuya práxis cultural también era creativa y desencadenante. Los migrantes no solamente eran víctimas sino ejes de transformación y principios de articulación, visibles en su capacidad de supervivencia, adaptación y cambio a través de mecanismos que permiten que la cultura aborigen se expanda sobre los nuevos saberes del medio extraño, nuevo y agresivo. Chimbote fue entonces para Arguedas, un formidable laboratorio humano, una máquina infernal, sobrenatural, utópica y por eso decidió escribir sobre ello “a manera de sanidad”.
Así, la visión visceral y atroz del mundo de los pescadores en el Chimbote de los sesenta se entrelazan en el libro de Arguedas con la mirada mestiza de un norteamericano que asume su nuevo hábitat como propio y adelanta ya el nacimiento de un punto medio entre las extremas formas de vivir de Chaucato, el pescador que preside el burdel y la bahía degradada, y los mestizos o criollos de una ciudad ajena. En la novela conoceremos del fenómeno pesquero, la situación social o política de Chimbote a través de los diálogos de sus personajes. “En Chimbote está la bahía más grande que la propia conciencia de Dios, porque es el reflejo del rostro de nuestro señor Jesucristo”, dice uno de los personajes de “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, refiriéndose a la abundancia natural como un atributo divino, y tal vez al capitalismo salvaje que destruye esa misma abundancia con su expoliación.
“...Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú... se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres “alzamientos”, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y de la fuerza liberadora invencible del hombre de Vietnam, el de la calandria de fuego, el de Dios liberador, Aquel que se reintegra. Vallejo era el principio y el fin”, nos dice Arguedas en sus diarios, mientras intentaba comprender a cabalidad por qué en Chimbote, por qué los chimbotanos, por qué los migrantes se subieron al tren, por qué se encontraron en nuestras playas los zorros de arriba y los de abajo.

Fernanco Cueto: de novela y de dialéctica

Conversa con el nuevo narrador de Chimbote, a propósito de su insistencia con un viejo género

Augusto Rubio Acosta

A veces no basta tener a disposición una gran biblioteca, si no se dispone de un voraz e innato olfato para la lectura. A veces no basta haber leído a los clásicos de la literatura infantil y las grandes novelas de aventuras. En ocasiones, Dickens, Salgari, la relectura de Platón, Sócrates y otros grandes nombres de la cultura universal, pueden ser parte de nuestro ir y venir al interior de una pompa, pero elemento decisivo en la plasmación del gran salto, del paso adelante y de la pérdida total de la conciencia de quienes en algún momento de su vida se decidieron por la escritura. A veces, sólo a veces, se enciende esa llama inextinguible, esa pasión, y entonces ya nada es igual, ya no podemos volver atrás y estamos volando, volando…
La otra tarde hablábamos de eso con Cueto. Hablábamos de libros, de novelas, de técnicas y de cómo escribir lo inescribible. Hablábamos de la lectura, de una lectura por placer, por el gusto, nada organizada; conversábamos también de cómo leer críticamente, cómo descubrir las técnicas veladas en cada libro y el por qué de la necesidad de devorarlo todo: historia, medicina, sexología, mitos, leyendas, psicología, poesía, cuento, crónica, ensayo, etcétera, esa larga lista de vanidades que pocos se pueden regalar como es debido. Hablábamos de la exasperación que se produce cuando no hay pasto para leer, de los autores que deslumbran por la celebración de la vida contenidas en sus ficciones, del humor en la novela latinoamericana, de Boll, Kerkestz y Pirandello, de cómo robarle tiempo al trabajo (para escribir, claro).
“El humor es una especie de mascarada, la procesión siempre irá por dentro. Como novelista a veces trato de expresar en palabras lo que he podido ver en los films de Fellini, esa visión coloquial de la vida, el día a día común y transparente, las cosas tiernas e inherentes al ser humano. (…) La narración es un oficio. La poesía es inherente al ser humano. El narrador trata de mantener un estándar, hay que darle forma y sentido a las palabras, una estructura que es una especie de reloj suizo, una maquinaria casi perfecta. La poesía es en cambio una función biológica, es anterior a la escritura y se nutre de signos no escritos; la poesía y el mito están desde que el hombre está en la tierra y todo hombre tiene una densidad poética…”. Habla Cueto y acordamos también que sobre su última novela dialogaremos más adelante, probablemente en la radio, otro día, apenas le demos trámite, apenas la acabemos de leer.
¿No te parece que tu narrativa puede estar de alguna forma emparentada con lo que escribe Reynoso?, ¿de dónde, por qué lo marginal en tus dos novelas?, ¿no sientes que te repites respecto a tu libro anterior?
“No se trata sólo de que mis personajes sean o no marginales. La narrativa de Ribeyro, aparte de descubrir lo marginal de la sociedad peruana, tiene un matiz especial que le otorga a sus personajes clasemediarios cierta marginalidad presente en realidad en todos los seres humanos. Reynoso tiene por ejemplo, transcripciones mentales en sus novelas, no son monólogos interiores, son fotografías de momento, chispazos, lo que te viene a la mente cuando cruzas la pista, cuando te golpeas un dedo, etc. (…) En la novela tú eres un ladrón, alguien que toma de aquí, de allá, todo es ecléctico y organizas el libro de la manera que más te conviene. Te conviertes en un tirano, en un fantaseador…”.
La tarde avanza, el reloj nos traiciona, aparece el editor del periódico solicitando notas redactadas y como que se nos malea el asunto…
“Yo no creo en las novelas regionales, localistas, la novela es universal o no es novela. Las grandes novelas se centran en lugares apartados, inventados, es el retorno a la semilla. Lo que produce la unidad de la novela es la entraña que arrastra, ahí se hace universal”, afirma Cueto, a quien lamentablemente le debemos decir abruptamente que se vaya de la manea más disimulada del mundo, pues debemos redactar y ya es tarde: Fernando, ¿por qué novela y no cuento?… El cuento exige mucho rigor y disciplina, yo aun no tengo eso para escribir cuentos, implica demasiada concentración mental, casi hablamos de perfección. La novela en cambio es integral, es un producto dialéctico y trata de una problemática definida. Cualquier tema es material para la novela, en ella no debe haber perjuicios ni intolerancia, uno no puede tener cercos ni límites. En ese sentido mi primera novela es una especie de retorno para mí...”.

Wednesday, February 07, 2007

Chimbote: 100 años, ¿qué le doy a mi ciudad?

Augusto Rubio Acosta

Sentarse a escribir sobre lo que significa para los chimbotanos el Centenario de nuestra urbe como distrito, implica adentrarnos en un análisis subjetivo que probablemente para la mayoría de portuarios, derive en una especie de autoculpa natural por lo que diariamente le damos al lugar donde hemos nacido y lo que históricamente le dejamos de otorgar.
Cien años no se cumplen todos los días. La fecha, sin embargo, lejos de celebrarse como es debido –priorizando el verdadero sentimiento de identidad y dejando de lado la fanfarria, el derroche y las elitistas reuniones a que han sido convocados unos cuantos mortales- sirve para preguntarse: ¿qué hacemos por Chimbote?, ¿qué le hemos dado?, ¿hemos sido buenos hijos?, ¿lo hemos defendido cuando nos ha necesitado?…
El ser chimbotano va más allá de haber nacido en esta tierra, implica identificarse con sus grandes problemas y luchar por solucionarlos. Muchas son las ilusiones muertas que se han sucedido en todo este tiempo. Desde 1906 hemos asistido a espeluznantes transformaciones sociales y económicas, que trajeron -sin embargo- consecuencias funestas en el ámbito ecológico, producto de nuestra irresponsabilidad. En ese siglo nos convertimos en potencia mundial de la pesca, punto de encuentro de “zorros” de arriba y de abajo, capital del acero y de la contaminación ambiental, la más extensa barriada del territorio peruano y centro del estudio acucioso de la sociología y la antropología.
¿Cuál ha sido nuestro rol? ¿No nos hemos limitado acaso a ser simples y tristes espectadores de una fiesta embriagante y oscura que dejó adormecidos los ímpetus de la población por alcanzar un futuro que fue más nuestro que nunca en la playa, pero dejamos escapar de las manos con pasividad asombrosa?, ¿quién de nosotros salió a las calles a protestar cuando hubo que defender los proyectos de desarrollo truncos que al gobierno jamás le importaron y todavía nos cuesta asimilar?, ¿quién se enfrentó al abuso del poder cuando de la defensa de los intereses de Chimbote y de sus pobres se trataba?, ¿Acaso aquellos que hoy celebran los 100 años con ruido y muchas nueces pero que siempre han estado de espaldas a la ciudad y a su pueblo?…
El Centenario, señores, que nos sirva como espejo: qué somos, qué tenemos, qué hemos podido lograr y qué cosas quedaron en el camino. ¿Hacia dónde vamos, pueblo, y a quién seguimos?, ¿tenemos el derrotero definido o continuamos viviendo el mismo marasmo y apatía de siempre que nos ha convertido en un pueblo sin memoria y sin alma que de cuando en cuando se acuerda que alguna vez le pusieron el mote de “Tierra de promisión”, pero que no ha sabido aprender de sus errores y mirar el futuro promisorio que siempre está latente en esta tierra bendita que nos vio nacer y nos verá morir.

Historia de mis mudanzas

He's a real nowhere Man,
Sitting in his Nowhere Land,
Making all his nowhere plansfor nobody

Nowhere man / The Beatles

Augusto Rubio Acosta

Me da pena decirlo pero desde que pasé a engrosar el enorme ejército de unemployed people de mi país, como que la literatura “ha vuelto” a mí como por arte de magia. Será que antes, más ocupado en tareas burocráticas, anodinas y hasta cierto punto improductivas e irrelevantes –era editor de textos universitarios de dudosa calidad, procedencia y autoría- el tiempo me era escaso, y para cuando podía disponer de él, este se reducía o se tradujo en los poquísimos poemas y artículos que llegué a publicar en algunas revistas especializadas y medios periodísticos del medio que confiaron –no se por qué- en las cosas que escribí por ese tiempo (no quiero pensar que fue por rellenar espacio).

El hecho es que ahora que tengo tiempo, leo –como dicen los muchachos- “a forro”, corrijo más de la cuenta “again”, “acuarela”, “visita de Picabia a su taller”, “azul”, “memoria de Nolasco”, dos poemas si título, y uno más que tengo casi listo y que habla de mi muerte (todos son poemas de las últimas dos semanas). En paralelo también redacto nuevas “Tierra de nadie” (ésta no, esta salió así in promtus) y hace unos días terminé de escribir “Mar por dentro”, mi nuevo cuento. De manera que como se verá he regresado al vicio y de paso también ya me estoy desviando del tema, cuándo no.

El título lo señala claramente y entonces debo regresar al cauce, a recordar el día triste y gris en que me mudé por primera vez, el día que salí para siempre de la primera cuadra de Meiggs, de mi casa de Miramar, de mi esquina... Fue un 12 de octubre, lo recuerdo bien; llegaron varios forzudos contratados en el Terminal Portuario y cargaron nuestras cosas en un camión de “la línea”. Así, tras dos o tres viajes al nuevo domicilio, mis padres acabaron de una sola cachetada con mi infancia. No volví a pisar más la cancha del Alianza Miramar, frente a casa, tampoco a jugar futsal en la iglesia Virgen de la Puerta, mucho menos a correr tras un balón en el pasaje La Merced, ni a emocionarme en las tardes de fútbol familiar en la TV, cuando Cueto, Velásquez y Cubillas eran el mediocampo del Alianza Lima corazón y la selección nacional.

¡Qué tiempo!... De Miramar nos mudamos (¿yo también lo hice?, ¿es decir yo también me mudé física y emocionalmente?...) a El Trapecio, a una casa amplia, gris y de tres pisos que me acogió hasta el día en que me largué (porque no me fui, me largué) a Lima a estudiar lo que más quería. En “la horrible” mi casa quedó primero en la calle Clement de Pueblo Libre, al cabo de un año me volví a mudar a un espacio mayor en la calle Chimú. Finalmente la andanada de libros, casettes, VHS y otros trastos antediluvianos pero entrañables, más mi cuerpo, mis camisas cuadriculadas de franela, la familia toda, nos trasladamos al nuevo departamento de la avenida La Mar.

Con alguna experiencia te diré, estimado lector, que es una vaina andar de mudanza en mudanza. Muy complicado: se te “pierden” cosas, hay que estar embalando a cada rato, cargando bultos (se te arquea la espalda, suave con la hernia), poniendo clavos, redecorando todo, comunicando a los amigos la “buena nueva”, la correspondencia no te llega, hay que volver a armar la biblioteca, hasta se le obliga a uno a tender la cama que nunca tiende porque es “casa nueva”, que taxi para aquí, camioncitos para allá, y mil etcéteras más). Cuando uno se muda los “forzudos” siempre se llevan algo, hasta se produce cierto daño psicológico en quién se muda (a pesar de lo antisocial de mi conducta, casi siempre hubo alguien a quien le conmovió mi partida del barrio). Los que se mudan a menudo casi no tienen amigos o si los tienen son amistades “al paso”. Si hasta en la pesadilla de anoche asomó la vieja pregunta que una vez me hizo alguien a quemarropa: ¿cuándo te comprarás una casa, piraña, y dejarás de andar a salto de mata?... Todo esto, como verán, se constituye en suma: en una auténtica v-a-i-n-a…

Pero ahora que recuerdo, mamá contó una vez que cuando era muy pequeño, bebito casi, se salió el río Lacramarca por el 21 de abril, llegando las aguas y el barro – a pesar de los sacos de arena que colocaron los vecinos como barricada- a inundar Miramar y la casa donde vivíamos. Felizmente se habían tomado las previsiones del caso ante el rumor de los desbordes, y la mudanza a las casas de madera de La Caleta se hizo inminente unos días antes de la desgracia. Pero eso debí anotarlo al comienzo, lapsus le dicen.

Mientras estudiaba en Lima, mi casa de Chimbote volvió a padecer su triste e innombrable destino: “mis cosas” volvieron a ser trasladadas de El Trapecio a El Pacífico, a unos metros del bosque que ahora es la Plaza Mayor. Y al cabo de una década, cuando decidí volver a la ciudad, una llamada telefónica me advirtió antes del viaje que ahora vivía en Casuarinas. Me dieron una nueva dirección a donde llegué de madrugada con mis cajas, mis trapos y mis cuadernos borroneados de tanto rayar; era increíble, me había mudado de nuevo. La casa de mi madre aun continúa en Casuarinas y espero que nunca más se mueva de ahí (escuchas Tere, ya déjate de vainas). Pero de Casuarinas a El Pacífico, de El Pacífico a Casuarinas, un breve intérvalo me llevó a un lugar llamado Macondo en los días en que amanecía el nuevo siglo.

Te aburrirás seguro, lector, con esta historia a todas luces personal e intrascendente. Deberás saber en todo caso que estas líneas que tienes al frente y que sigues con fruición obedecen a mi nueva “recaída”, a mi regreso al vicio y en todo caso hasta me podría servir de “tratamiento”, de catarsis, de simple anecdotario, de pasatiempo y testimonio absurdo, hasta de bronca y de reclamo pueden servir estos párrafos. Y es que a veces me pregunto: ¿de dónde soy?, ¿soy de Miramar, de La Caleta, de Pacífico, de Pueblo Libre, de Macondo, de Casuarinas o del downtown Chimbote a donde me he mudado –de nuevo, qué triste Gucho- hace un par de semanas?... ¿acaso soy de ningún lugar y el título de esta columna nunca estuvo peor puesto?, ¿acaso soy un “nowhere man”, like The Beatles´ song?, ¿un paria en esta ciudad terriblemente hermosa?...

Como decía al inicio, me da pena decirlo, pero todo parece indicar que habrá un tiempo más en que continuaré con domicilio móvil. Andaré aun in movement, de aquí para allá, del túnel (suave Sábato) a San Luis, de Tangay al malecón, y de ahí quién sabe a dónde hasta que San Peter se acuerde, se digne o se atreva a escribirle por e-mail al Gucho y decirle hasta aquí, ya no más, basta ya de mudanzas, I know it, you´re tired. Ahora por fin descansarás arriba, más allá de la Huaca, en el lotecito que te corresponde, allá donde las cruces de madera las carcome el viento y donde el recuerdo es pasto del mejor y el peor de los inviernos…

In memoriam Cèsar Calvo

Ayúdame a quedarme
cuando me encuentre lejos…
C. C.

Augusto Rubio Acosta


El otro día te contaba, ¿recuerdas?, que fue un fin de semana, sábado o domingo, no sé, pero el asunto es que era temprano y el día me sorprendió -como siempre- aturdido en esa mi vieja cama de tablas, con el walkman encendido, mirando las rajaduras en mi techo como si fuera un cuadro cubista, y escuchando a lo lejos el ruido de los pájaros en el parque de Casuarinas, donde se encuentra el silencio con el ruido, donde siempre me sentí un extraño y forastero con ganas de acercarme a la Panamericana y subir al primer camión de ruta que se digne en arrastrarme un poco más allá aunque sea, más acá de mis sueños y fantasmas, donde se pueda vivir tranquilo sin acercarse al resto de seres: ¿vecinos?..., y tolerar y tolerar.

Era temprano, las seis y treinta a lo sumo, y en Radioprogramas una voz grave y consternada anunciaba que César Calvo se había ido para siempre. Era un 18 de agosto como hoy, Calvo teñía 60 años, un terrible dolor de oído, pero quienes supimos siempre de su poesía y su manera de afrontar las cosas, quienes alguna vez lo vimos en algún recital o tertulia literaria, sabíamos que con el tío César no era posible contar la edad.

Las pocas, poquísimas veces que lo vi, estuvo mareado, movía exageradamente los brazos y estaba rodeado de jóvenes y viejos compañeros de la escena; jubiloso, gritón, con ese aire de criollo, jaranero y la mirada penetrante, muestra contundente del hombre libre que se acuesta donde lo sorprende la noche. Tenía siempre aspecto de haber dormido mucho después de una jarana, ¿ya? -cara de resaca le llaman- pero habría que decir que sólo era una aparente frivolidad, porque para muestra bastaba siempre revisar los muchos botones sobre el papel en blanco de sus libros, las ganas de cambiar las cosas con la guerrilla peruana y la revolución que por esos años remecía América y el mundo, las canciones inolvidables que compuso junto a Chabuca, la reivindicación de los que menos tienen, y esa la poesía en que consistía su forma de vida.

Con Calvo, la poesía ganó en la modernización del lenguaje poético, se cuestionó a partir de entonces la utilidad del lenguaje, el cauce de la poesía peruana cambió de rumbo junto al empuje de los muchachos de entonces, una generación (la del 60) que entendió que había que defender la libertad creativa del artista y dejarlo todo por un compromiso con la sociedad en que vivían. ¡Qué tiempo, qué envidia, lo que hubiéramos dado por vivir en esa época!, ¿no?..

Los poemas de Calvo también lindan sobremanera con el amor, la pasión, el vacío de no tener a alguien a quien querer o tenerlo y no poder decírselo a plenitud. Y la ausencia, la bendita ausencia, la imagen apocalíptica, pesimista, angustiante del ser que vive en la mitad de la soledad, el ser que vive del aire como dicen sus poemas, yendo y viniendo de lo que ha sido a lo que no será…

Calvo murió hace cinco años y lo recuerdo como si fuera ayer porque considero fue una noticia trágica e importante, fue coger ese lápiz sin dueño y afrontar la hoja en blanco, el papel y sus fantasmas. Mientras, en el trabajo, afuera, en la calle, la gente asistía indiferente a un partido más de fútbol, de los muchos que pueblan el calendario de nuestro triste descentralizado.
¿Te has puesto a pensar en el apabullante peso que a veces nos cae del cielo cuando sentimos que todo es al revés, que estamos pensando en algo gaseoso a decir de muchos y que nadie se preocupa por lo que importa de veras?... La voz de Calvo, sin embargo, se abría paso y esa mañana que supe por la radio de su muerte yo tomaba nota de lo que decía el locutor, reestructuraba mi futuro artículo porque algo tenía que hacer, que decir, no podía quedarme callado ante tanta indiferencia, tanto dolor y tanta pérdida. Lo único malo que hice fue que jamás envié nada a diario alguno, tampoco llegué a colaborar con la revista que me solicitaba algunas líneas al respecto. Fue como dejar todo para el día, para la vez en que la cosa estuviese más cuajada, el día en que sintiera que habían muchos más que me escucharan, que me leyeran, el día en que el espacio se haya ampliado y empecemos a hablar de una tierra fértil por trabajar. Y ese día no es uno cualquiera, ese día –anoche lo pensé, lo medité, le di vueltas a la idea- es hoy. Porque hoy es 18 de agosto en mi ciudad y en mi vida, han pasado cinco años de que Calvo se ha ido, la escena cultural de Chimbote ha crecido, se ha desarrollado -es innegable-, y porque hoy cumple años la más especial de las mujeres de mi pequeño mundo. ¿Qué, no me crees?... En serio, es una mezcla de alegría, de nostalgia y de orfandad. Es una mezcla muy particular pero también muy propia. Es como si mirase hacia atrás y releyera lo escrito hace mucho, el día que corría en una pampa y tras una cometa, pensando en los años que vendrían, las bibliotecas que tendría que visitar, los barrios pobres por donde debía andar, las fotografías pendientes, las caras de sueño, nuestra silueta ante el vaivén de las olas frente al mar de Chimbote y las cosas que había que cambiar. A Calvo le debo –él lo sabe- parte de todo eso y le agradezco su mensaje y su trabajo. Nosotros también caminamos por la barriada, también sentimos desde provincia lo que es la indiferencia de la gente y el centralismo, también sabemos del quehacer cultural y de su hermosa como contundente y cruda realidad.

“Ayúdame a quedarme cuando me encuentre lejos / en todo cuerpo que mis manos conduzcan / a la hoguera, / en todo cuerpo que mis manos alejen de la orilla, / tú seas el reverso de esa inútil victoria, / la única copa que no desdeñe después del vino… ”

Con Calvo nos acordamos siempre que la vida también está hecha de lo que él llama esos “ínfimos, heroicos acontecimientos que se cumplen a tientas entre un cuerpo desnudo y otro cuerpo desnudo, entre el cauce del río y el vaso de la boca”, nos acordamos del amor intenso por la mujer que nos ha marcado, de la revolución y sus angustias, de la canción ejecutada en las plazas y las esquinas populares, de esa niñez en orfandad que quienes la han vivido la interpretan como el fantasma que los perseguirá de por vida. Los poemas de Calvo dejan la impresión de ser casi siempre una despedida de quien se preocupa por los desposeídos, la injusticia social que nos ahorca, y por la vida esa que tiene mucho de simple y verdadero.
Hoy volví a reenviar por el correo electrónico un par de poemas que hace unos días tomé de un par de libros de Calvo, te deben haber llegado. Mis amistades piensan que es un poema más, uno de los muchos que ya les he enviado antes tomados de aquí, de allá, de la voz propia a veces, de la inmensa biblioteca virtual en que consiste la vida. Muchos de ellos, seguro, han procedido a borrarlos… “Venid a ver el cuarto del poeta / desde la calle hasta mi corazón / hay cincuenta peldaños de pobrezas (…) sino me halláis / entonces preguntadme / dónde estoy encendiendo las hogueras…”. El segundo poema que eché a circular en la red habla del almuerzo y la memoria. “Hoy hemos almorzado de memoria. / De nuevo / de memoria. / Contando alguna tarde de provincia, / mi madre se ha quedado / dormida en una alondra. / En una alondra antigua y silenciosa. / ¿Quién va a venir / ahora, con la voz de esa alondra, / a hablarnos de la dicha y de las rosas? / Con la luz de esa sombra ¿quién va a venir mañana / a hablarnos del perfume radiante de la dicha, / dichoso / de las rosas? / Ya nadie vendrá ahora. / Nos hemos devorado la voz de las alondras. / Ya nadie vendrá nunca. / Contando alguna tarde de provincia, / hoy nos hemos comido para siempre las rosas.”

Hoy me he vuelto a acordar de los abismos, ¿sabes?, de lo insondable que a veces resulta la vida y su destellar, hoy me he vuelto a acordar de ti y de los que han recibido mis e-mails, he reflexionado sobre las ocasiones donde la vida o la muerte ya nada importan, de cómo los poemas se preparan -Calvo dixit- con minuciosa alegría, como un regalo de cumpleaños que nadie espera y se moldean con urgencia y violencia, con irremediable e irrepetible ternura. Hoy te digo que hay cosas que nunca cambian, que el tiempo es perfecto para descubrirlas, que las esperas desesperan a veces –like the Calvo poems- pero que la literatura es literatura no por gusto, que las bibliotecas existen porque tienen un objetivo: acercar a la gente común y corriente a lo que más quieren, a una nueva forma de vida, a aquello que los acompañará de por vida…

Elogio de los navegantes

Notas breves sobre el proceso de la literatura en Chimbote


Augusto Rubio Acosta

Contribuir a una comprensión cabal del proceso literario chimbotano, inscribir este objetivo dentro de una doble perspectiva: por un lado examinar y valorar la creación literaria surgida en el puerto ante el telón de fondo de las preocupaciones y problemas históricos de su sociedad; y por otro, ubicar su devenir en el marco de la literatura peruana desde una posición personal que tiene presente el nivel cualitativo y de persistencia en el oficio de sus autores, sin perseguir extenderse en la sistematización del desarrollo literario portuario, es el propósito de las siguientes líneas.

José Martí, notable pensador latinoamericano, señaló que cada estado social trae a su expresión a la literatura, de tal modo, que por las diversas fases de ella pudiera contarse la historia de los pueblos con más verdad que por sus cronicones y sus décadas. Y es que la literatura sirve para potenciar de forma efectiva nuestras raíces y a la vez contribuir a la formación del gusto estético y los conocimientos que conducen al afianzamiento de amplios horizontes culturales y de la denominada identidad que aun nos es esquiva a quienes habitamos el puerto.

Antecedentes

El verdadero estudio de la literatura en el Perú exige el conocimiento de la producción lúdica del interior del país y la negación del centralismo limeño que tanto daño le hace a la cultura peruana. En ese marco, los orígenes del ejercicio literario en Chimbote podrían remontarse a la época prehispánica y/o precolombina, cuando lo que podríamos denominar “cultura moderna” aun era inatisbable en el horizonte del paisaje chimbotano. A fines del siglo XV existía en el Perú una cultura altamente desarrollada como lo testimonian la arqueología y la antropología. A pesar que los lingüistas han agrupado en el país lenguas diferentes anteriores a la llegada de Colón, sólo una correspondió a un grupo étnico de gran desarrollo socio - político y cultural: la inca. Antes, después del 300 a.C. y con la decadencia de la cultura Chavín y su influencia en los valles costeros de la zona central del Perú, surgió la cultura moche o mochica en la costa septentrional de Perú, dando lugar a la construcción de grandes proyectos de regadío, ciudades y templos, desarrollándose un comercio intenso que incluía la exportación de cerámica fina. Los moche representaron su vida cotidiana y sus mitos en pinturas, esculturas y cerámicas; se retrataban como feroces guerreros; ejercieron su influencia en suelo chimbotano y fabricaron también esculturas de cerámica modelada que representaban viviendas con familias, plantas cultivadas, pescadores e incluso parejas de amantes. También eran diestros trabajadores del metal. No podemos descartar entonces, en esa época, la existencia – a pesar que hasta la fecha no se cuenta con información al respecto- de algún tipo de expresión oral (relatos orales), pero no podemos calificarla como literatura si se entiende a esta como medio de expresión artística mediante la palabra escrita; recordemos que no se conocía la escritura sino hasta la llegada de los españoles.
Así, la configuración de la pequeña caleta de pescadores a mediados del siglo XVIII y su estrecha ligazón y dependencia política con el distrito de Santa, constituiría recién el escenario donde empezaría a forjarse la historia moderna de la literatura en Chimbote, dependencia histórica que impediría todo desarrollo social y truncaría las formas lúdicas que seguramente existieron de alguna forma entre los portuarios, pero que jamás llegaron a plasmarse o sobrevivir ante el paso implacable de la historia. La construcción del ferrocarril de Chimbote es un elemento crucial para entender el desarrollo de la futura megaurbe, la institucionalización de la caleta como puerto mayor y el fenómeno migracional registrado del interior de la región hacia la costa, sirve de alguna manera para que de a pocos la literatura que de alguna forma existía en el puerto quiebre la frontera invisible del anonimato y abandone el manuscrito, ejercicio lúdico que seguramente mantuvo ocultos a los creadores de su tiempo.
Recién en 1935 aparece “¡Se viene el carnaval!”, primer impreso de poesía surgido en Chimbote, entrega de un sólo pliego que tenemos a la mano gracias a un hallazgo del poeta Ricardo Ayllón. Su autor, Benigno Araico Baca (Santa, 1919) refirió en vida que el poema fue repartido a manera de volante en Chimbote y escrito a solicitud de la Asociación China. Este hecho y otros -como los poemas inéditos de Lina Gonzáles y Carlos Balta, fechados según el poeta Víctor Alvítez, en 1945 e inicios del sesenta respectivamente- constituyen muestras del origen nebuloso de la literatura en el puerto que seguramente con el paso del tiempo los investigadores desentrañarán para un mejor discernimiento.

El inicio

La abrupta avalancha migratoria acontecida en Chimbote en los años sesenta, el despegue industrial de la pesca y siderurgia, la crisis del campo y los problemas labores y sociales, constituyen el escenario donde aparecen los primeros libros que aperturan oficialmente el proceso literario en el puerto. Julio Ortega publica en 1966 el libro de cuentos “Las islas blancas”, luego se edita en 1968 la Antología Poética del Grupo Literario Perú (GLP), que trae autores como Iván Vásquez, Mario Luna, Hugo Vargas, Julio Bernabé, Pietro Luna, Arsenio Vásquez, entre otros. Cuentos del mundo portuario con cierta técnica todavía en construcción, y poemas surgidos de preferencias clásicas y modernistas unas, y experimentales otras, pero sin mayor conocimiento académico, con marcada ausencia de rigor, obedientes únicamente a la voluntad del autodidactismo urgido de acercarse –en el caso del GLP- a los estratos más diversos de la sociedad de su tiempo: los sindicatos, las fábricas, los pueblos jóvenes y las verbenas populares. Eran tiempos muy duros para el trabajo cultural.
En los sesentas nace también otro colectivo artístico: el Núcleo de Escritores y Poetas Radicales (NEPER) que desarrolló intensa actividad teatral, de difusión literaria y cultural. En 1969 entra en circulación la revista Alborada / Creación & Análisis, fundada por Óscar Colchado, Wilfredo Cornejo y otros estudiantes en la Escuela Normal Indoamérica, clara señal de que en Chimbote se abrazó el trabajo colectivo como arma edificante de un proceso primigenio en construcción.

Los setentas

Los años setenta estallan con la violenta irrupción en la literatura nacional, desde las aulas de la Universidad Villarreal, en la avenida La Colmena, de Lima, del Movimiento Hora Zero, que desde sus inicios contó con el aporte del poeta chimbotano Mario Luna. Hora Zero y su proyecto literario descentralizador y anticanónico buscará extenderse en las provincias, siendo Luna el encargado de “absorber” al GLP para formar el brazo horazeriano en Chimbote, junto a Enrique Cam –poeta de origen chino y con gran perspectiva que lamentablemente no pudo editar libro alguno-, José y Lina Gonzáles, Pietro Luna, Miguel Rodríguez, Hugo Vargas y Julio Bernabé, aventura que se mostró en determinado momento como la más activa y nutrida del movimiento horazeriano al interior del país.
En 1970, Julio Ortega publica “Mediodía”, su primera novela. El año siguiente, Editorial Sudamericana, de Buenos Aires, publicará la novela trunca y póstuma del escritor andahuaylino José María Arguedas: “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, desaparecido dos años antes de un balazo en la boca en la Universidad La Molina; libro imprescindible para entender el proceso social, de transculturización y etnográfico de Chimbote, así como el mundo psicológico y de angustia existencial de su autor. En este decenio se publicará el primer libro de Óscar Colchado: la novela “Tarde de toros”; su primer poemario “Aurora tenaz”; y el único libro de cuentos de la década: “El trino de Lulú”, de Maynor Freyre, narrador limeño afincado temporalmente en el tráfago laboral de Chimbote. Escrito en 1973, “El trino…” está plagado de un lenguaje coloquial propio de la poética imperante de su tiempo. Otro libro-poema importante de este tiempo es “Poema para mis treinta años”, del horazeriano Mario Luna. No podemos obviar que en 1977 Colchado funda, dada la necesidad de impulsar a mayor escala la revista “Alborada”, el mayor colectivo literario y cultural de la historia del puerto: el Grupo de Literatura Isla Blanca, vigente actualmente luego de 30 años de trabajo ininterrumpido.

Los años ochenta

La nueva década se abre con una crónica novelada denominada por su autor, el escritor limeño Guillermo Thorndike: “El caso Banchero”, extensa obra narrativa de corte policial que recrea el asesinato del más grande empresario y depredador del mar peruano y chimbotano: Luis Banchero Rossi. Otro libro indispensable de estos años es “Del mar a la ciudad”, de Óscar Colchado, cuentos de profunda raigambre social y fino manejo estético que trae también el aire real-maravilloso que ha hecho tan famoso a su autor. De ese mismo año es “Los reclutas”, de Pietro Luna, cuentos de escaso nivel cualitativo que tienen como referente la relación ande-costa tan frecuente en el espacio geográfico porteño. Esta década será testigo de los grandes premios literarios obtenidos por Colchado, de su fervor editorial y de empuje al frente de “Alborada” y de “Isla Blanca”. Libros como “Tras las huellas de Lucero”, “Cordillera Negra”, “Cholito en los andes mágicos”, entre otros, le otorgarán a su autor la consagración nacional e internacional. En estos años se registra también el trabajo del naciente Grupo Literario “Creación” que edita una revista regularmente y una antología literaria que reúne a un conjunto de trabajadores de la palabra naturales de la zona. En 1985, Lluvia Editores publica el libro de cuentos de Antonio Salinas “El bagre partido”, conjunto de reminiscencias sociales en cuanto a su temática y logrado lenguaje. Del mismo modo se edita “Huerequeque y otros cuentos”, de Rogelio Peralta (1985) y “Abriendo la puerta” de Enrique Tamay, el primero carente de mayores recursos narrativos, y el segundo, con características peculiares de la literatura latinoamericana de su tiempo: el realismo mágico y sus variantes. En poesía se publica uno de los libros más importantes de Dante Lecca “Diálogo con un orfebre”, “Porque confío en el mañana”, de Marco Cueva, “Patio de prisión”, de Jaime Guzmán, “Sintonía del alba”, de Félix Ruiz, “Confesiones de mantícora”, de Gonzalo Pantigoso, entre otros tantos títulos de escritores portuarios en constante ejercicio y evolución. En 1988 Río Santa Editores, la mayor propuesta editorial en Chimbote a través de su historia, edita su primer título: “Antología Poética de Isla Blanca”, trabajos reunidos por el antes citado Pantigoso.
Los explosivos noventa

Los años noventa sirven para que la literatura en Chimbote alcance niveles de producción antes insospechados. Irrumpen en este decenio novelas desiguales como “El retorno” (1992) de Víctor Unyén, “Aroma”, de Víctor Sagástegui (1997) y “El puma habita en el alcanfor” (1999), de Marco Leclere. En esta década, el crítico liberteño Saniel Lozano lanza a circulación un libro por mucho años referente del trabajo escritural en Chimbote: “El rostro de la brisa” (1992). Óscar Colchado edita en esos años dos de sus más logradas novelas: “Viva Luis Pardo” (1996) y “Rosa Cuchillo” (1997). Julio Orbegoso lanza tres libros (1990-1993-1997) con cuentos de un lenguaje y nivel cuestionables, pero atendibles en cuanto a su temática marginal. Félix Ruiz edita el libro de narrativa breve “El anciano y la serpiente” (1994), enmarcado en la temática infantil; Marco Merry, un escritor preocupado por la temática regionalista, pero de un evidente afán de beneficio editorial, entrega Memorias de un campanero (1994) y otro volumen de narrativa tres años después; Marco Cueva publica sus cuentos en “Sobre el arenal” (1995), Gonzalo Pantigoso antologa a los mejores cuentistas portuarios del momento en la primera edición de “Cuentos del último navegante” (1994) y Dante Lecca debuta en la narrativa breve con “Sábado chico” y “Señora del mar”. La poesía se fortalece en esta década con la aparición de los poemarios “Caliarena”, de Brander Alayo -quien también inicia su trabajo con los talleres de poesía y narrativa breve a nivel escolar que lo llevan a publicar más de una decena de “Poecuentos”, importante contribución a la literatura infantil- ; “Piel dispersa”, de Dante Lecca; “Almacén de invierno” (1996) y “Des/nudos” (1998), de Ricardo Ayllón; “Metamorfoseo orgásmico” y Cantos de castor”, de Antonio Sarmiento, aparecidos en 1994 y 1999 respectivamente; la colección de poemas de Fernando Cueto, editada por la pujante Río Santa Editores en 1997: “Labra palabra”; “Cuaderno de interrogantes”, de Enrique Tamay y “El polen de los helicópteros” (1998), el poemario más representativo de Nelson Ramírez. No podemos soslayar el trabajo poético y de promoción cultural de Víctor Alvítez, quien entrega poemas en “Huesos musicales” y “Confesiones de un pelícano e inventario de palmeras”, en 1995 y 1998, respectivamente, así como el esfuerzo de autores para nada deleznables que hacen de esta década sumamente productiva, pero que no editaron libro alguno y mantuvieron su producción dispersa en revistas. De los noventa es también el trabajo editorial del colectivo “Bellamar”, que editó una buen cantidad de revistas del mismo nombre hasta finales de los noventa, la revista “Altamar”, dirigida por Jaime Guzmán que batió todos los records editoriales en el puerto, “Brisas”, un efímero grupo literario estudiantil, “El universalismo”, movimiento cultural que editó algunas revistas en su momento, y “Trincheras”, colectivo conformado por estudiantes de la Universidad Nacional del Santa que hicieron lo propio con su órgano de difusión literario. A finales de esta década aparece “Monólogos para Leonardo”, conjunto de crónicas de Ricardo Ayllón, quien también reunió en los noventa las crónicas de Antonio Salinas publicadas en revistas, editando “Embarcarse en la nostalgia”.

Letras del nuevo siglo

El nuevo siglo encuentra a Chimbote en una situación expectante en cuanto a su literatura. En los últimos tiempos han entrado a circulación libros importantes que marcan una evolución marcada en todos los géneros literarios. Así, las mujeres del puerto se decidieron a publicar sus primeros libros de poesía y lo hicieron con no poca calidad: Denisse Vega entregó “Euritmia” (2005), Eva Velásquez hizo lo propio con “Oleaje de mujer” (2005) y Patricia Colchado publicó “Blumen” a finales de 2004 lo que no quiere decir que sean las únicas en Chimbote en constante brega con la palabra. Ese mismo año aparece también una novela histórica escrita por Francisco Vásquez León: “Anco el guerrero”, quien acaba de entregar también su último trabajo novelesco: “Juno” (2006). Otras novelas surgidas son “Leyenda del padre”(2001), de Miguel Rodríguez Liñán, “Llora corazón”, de Fernando Cueto, y “Cuando cayó la noche”, de Víctor Sagástegui (2006). La antología “Cuentos del último navegante” de Gonzalo Pantigoso fue actualizada y renovada en más del 50 por ciento de su contenido, lanzándose la quinta edición del citado libro (Marea Cultural Editores, 2006). Ricardo Ayllón entregó en dos ediciones (2002 y 2004) “Navegar en la lluvia. Antología del cuento ancashino”, contribuyendo de esa manera al proceso literario desde una perspectiva regional. En 2001 apareció el libro de cuentos póstumo de Antonio Salinas “Verdenegro alucinado moscón” (2000) y también el de Rogelio Peralta: “Anchoveta de oro” (2001). Al año siguiente Leonidas Delgado edita sus primeros cuentos en “Viajero del tiempo”, el presente año apareció su segundo libro de narrativa breve titulado “Espina de pitahaya”. En este siglo apareció una novela distinta a las anteriores, un libro que ha marcado a quienes lo han leído y que habla de la destrucción del hábitat portuario y la recuperación de nuestras raíces: “Alejandro y los pescadores de Tancay” (2004), escrita por Braulio Muñoz. La leyenda no ha estado ausente es estos últimos tiempos y el libro “Leyendas de mar y arena”, de Rosa Leython, pude dar fe de ello. La narrativa se ha renovado a partir de la publicación del libro colectivo “Invención de la bahía” (2004) que trajo a cinco narradores chimbotanos, entre estos a “los nuevos” Ricardo Ayllón, Gustavo Tapia, Enrique Tamay, Ítalo Morales y Augusto Rubio. Precisamente Morales entregó también en 2003 “El aullar de las hormigas”, inaugurando el microcuento en Chimbote, el autor ha publicado también “Camino a los extramuros” (2005) y “El cielo desleído” (2006) y se ha convertido en importante referente del género junto a otros autores. Rubio por su parte ha entregado sus cuentos y crónicas en “Avenida indiferencia” (1era edición 2005 y 2da edición 2006) y el poemario “Inventario de iras y sueños” (2005); mientras que “El bautizo de los pescados” (2005), cuentos de Gustavo Tapia, ha contribuido a consolidar la tradición narrativa en Chimbote. La poesía no se quedó atrás en estos años, pues Jorge Hidalgo publicó “La influencia del chilcano de guinda en la sístole cardiaca” (2001), aparecieron los poemas de “Hablar de los caminos”, de Dante Lecca (2002), “Cadastro” (2002), de Miguel Rodríguez Liñán, “En la otra orilla”, de Jaime Guzmán, Roger Tang editó “Elogios del geranio” (2003), Juan Lucano publicó “Rosas negras” (2005), Ricardo Ayllón entregó el importante “A la sombra de todos los espejos” (2004), así como Antonio Sarmiento hizo lo propio con “El junco y la tormenta” el mismo año, y Jhon López entregó “Inicio del mundo” en 2006. Otro de los poetas nuevos y antiguo actor de teatro es Jorge Qwistgaard, autor de “La historia con sus patas de caballo” (2006). Una antología importante es la que apareció en 2005: “Tiempo de pesca” del Grupo de Literatura Isla Blanca, recogió lo mejor del trabajo cuentístico lanzando nuevas promesas del trabajo narrativo breve: Norma Jiménez y Jymn Muñoz. El crítico Gonzalo Pantigoso lanzó en 2006 dos libros: la colección de poemas “Atahar”, y el de cuentos “Lindero prohibido”. Este año encuentra –después de una agitada escena revisteril los primeros años del nuevo siglo: “Puerto de oro”, “Tinta libre”y otras- sólo dos revistas activas en el panorama literario chimbotano: “Mundo Cachina” –con su edición Nº 6 a punto de aparecer- y la legendaria “Alborada”, a punto de publicar su edición 28 dedicada a la violencia política, se mantienen en la brega, una lucha constante por instaurar definitivamente una tradición literaria en el puerto que cada día es más luz, más realidad y más verdad.

Juan Ojeda: Al borde del abismo


Heredero del romanticismo interior, del simbolismo más “iluminado” y de las prolongaciones de este en el expresionismo alemán, Juan Ojeda, la voz poética más elevada producida en Chimbote, nació en el puerto el 27 de marzo de 1944. Después de concluir la secundaria en el Colegio San Pedro, estudió pintura y escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes de Lima, y Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Poeta de excepcional e intensa capacidad lírica, se sumergió desde muy joven en la tradición hermética, órfica, visionaria y alquímica, sin dejar de lado la dimensión histórica y social de condena al orden establecido y de invitación a la conquista de las utopías con que soñaban los jóvenes de la generación del sesenta, tan influenciados por los cambios radicales y revolucionarios de la época.

En la poesía de Ojeda no se siente la división entre poesía “pura” y “social”. El modelo expresivo que propone se nutre de la “modernidad” francesa, hispánica, italiana, alemana, además de la poesía china, japonesa y de origen musulmán. Sus poemas se hunden en los ritos de Hermes, en reminiscencias de una vida atormentada y plagada de infortunios, en la pugna órfica con el caos, la muerte, y en lecturas y citas abrumadoras de poetas de signo trágico.

Ojeda publicó en vida la elegía Ardiente sombra (1963) dedicada al poeta Javier Heraud, asesinado en el río Madre de Dios. En 1966, el II Concurso “El Poeta Joven del Perú” organizado por la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, le otorgó la primera mención honrosa por Elogio de los navegantes, publicado ese año. De 1970 es Recital, y de 1972 Eleusis, editado por Gárgola, Colección de Poesía.

Juan Ojeda se arrojó bajo las ruedas de un auto en la cuadra 23 de la avenida Arequipa, en Lima, la madrugada del 11 de noviembre e 1974. Tenía 30 años cuando murió y era un poeta de verdad. El vate dejó una huella, un espíritu, una actitud y una influencia notoria en las generaciones de creadores peruanos posteriores. A cambio recibió el olvido casi total, absoluto y miserable que el Estado peruano otorga a sus mejores hijos. En 1986 apareció póstumamente editado por Runakay, su obra poética máxima Arte de navegar. En 1997 se publicó la plaqueta Epístola dialéctica, y en 2001 Cronopia publicó una edición ampliada de su libro principal. Han pasado 32 años de la partida de Juan Ojeda y dada su condición de “autor de culto” muy poca gente ha leído sus libros o visitado el pabellón Santa Carmen, nicho 55-A del cementerio El Ángel, donde descansan sus restos. ¿Será que como en su Crónica de Boecio “… nada queda ya sobre la tierra / que hayas odiado con cierta humillación / la dorada máscara / que repite el esplendor de aburridos gestos / aprendidos, sin duda, para consolarnos / y no hay consolación /…”?, ¿se trata acaso del exilio?...


“Isla Blanca”: 30 años mar adentro

Fundado el 9 de febrero de 1977 en el restaurant Venecia, de la tradicional avenida Bolognesi, en Chimbote, el grupo de literatura “Isla Blanca” constituye a lo largo de sus casi treinta años de vigencia en el panorama literario chimbotano y nacional, la más seria propuesta de trabajo colectivo y el mayor ejemplo de perseverancia en la historia del puerto. Hablar de “Isla Blanca” es remitirnos insoslayablemente a la revista “Alborada”, medio de difusión cultural que el escritor Óscar Colchado instituyera en 1969 en el entonces único centro de enseñanza superior de Chimbote: la hoy desaparecida Escuela Normal Superior Indoamèrica. Colchado y otros estudiantes fundaron “Alborada” imbuidos del revolucionario momento cultural y social que se vivía en Chimbote (boom pesquero, migratorio y siderúrgico, la transformación de la urbe en la más grande barriada del Perú con sus obvias consecuencias), además de los cambios registrados en América y el mundo; la revista es el punto de partida, el caldo de cultivo propicio para el nacimiento del grupo literario representativo de Chimbote.
En junio de 1977 la edición número ocho de la revista “Alborada” da cuenta en sus páginas del nacimiento de “Isla Blanca”: “Bajo el clima tropical de verano de l977, matizado con las frescas brisas del mar chimbotano, nace una agrupación cultural auténticamente popular que ama la literatura, la poesía y toda creación artística que exprese la realidad integral de este gigantesco puerto que supera ya los trescientos mil habitantes. (…) Pretende así el Grupo constituirse en la expresión genuina y auténtica de la cultura y arte chimbotanos. Tiene así mismo la intención de bregar por la creación y difusión de la poesía, el teatro y la literatura en sí, a través de recitales, exposiciones, fórums, conversatorios y círculos de estudio. Otra de las miras de la referida agrupación es la de estimular la creación literaria en la juventud y la clase proletaria, forjadora de la riqueza y de la producción nacional. La poesía que cultivan es de avanzada y de corte hondamente social. (…) Se espera que en el transcurso de una temporada a otra se logre contar con un equipo muy dinámico de poetas y compositores que den a Chimbote una fisonomía cultural propia…”.
Hasta ese año “Alborada” había entregado en su formato oficio y editado a mimeógrafo varios números con trabajos inéditos de altísima calidad escritos por reconocidos creadores y pensadores peruanos: cartas inéditas de José María Arguedas; trabajos de Juan Ojeda, Wilfredo Kapsoli, Francois Bourricaud, Cecilia Bustamante, Sonia Luz Carrillo, Rosa Cerna Guardia, Marcos Yauri, Maynor Freyre, Román Obregón, Gustavo Armijos, Jesús Cabel, Juan Félix Cortez; poesía de “Hora Zero”; entre otros autores. A partir de los siguientes números (un total de 26 ediciones hasta la actualidad) se incorporaron mayoritariamente trabajos de autores chimbotanos orientados a la investigación y el goce estético, se percibe también el compromiso ideológico de los integrantes del Grupo y se instauran temas específicos en cada edición de la revista.
“Isla Blanca” ha priorizado desde su nacimiento el trabajo creativo de sus integrantes, el pensamiento crítico y la relación intrínseca del trabajo cultural con el desarrollo popular. Muchos escritores que han llegado a sus filas, han crecido con el tiempo y desarrollado enormemente su talento escritural. Sus miembros han publicado la mayoría y más importante cantidad de libros de cuento, poesía, ensayo, revistas y antologías producidas en Chimbote, la región y la zona norte del país. Numerosas estudios y publicaciones nacionales de literatura se han ocupado de su trabajo y editado antologías poéticas a lo largo de las tres décadas que les ha tocado vivir. Sus integrantes han participado de innumerables recitales y encuentros de escritores regionales y nacionales; los escritores de ”Isla Blanca” han sido merecedores de innumerables premios nacionales e internacionales de literatura, educación y periodismo, han difundido permanentemente sus trabajos en revistas de otros ámbitos, participado de un intercambio permanente de publicaciones del Perú y el extranjero, así como realizado talleres de poesía y estudiado la literatura peruana. En octubre del presente año “Isla Blanca” organizó en Chimbote el V Encuentro Nacional de Escritores “Manuel Jesús Baquerizo”, evento cumbre de las letras peruanas realizado en el puerto, hecho sintomático que muestra la vigencia y la trascendencia de este grupo literario.
Por esta institución de la cultura chimbotana han pasado muchos poetas, narradores, ensayistas y trabajadores culturales en las tres épocas claramente definidas que le ha tocado vivir, siendo los más representativos su fundador Oscar Colchado, Wilfredo Cornejo, Hugo Romero, Marco Cueva, Gonzalo Pantigoso, Miguel Rodríguez, Pietro Luna, Víctor Plasencia, Félix Ruiz, Jaime Guzmán, el pintor Julio de Castilla «Salamandra», Antonio Salinas, Pedro Rodríguez, Leonidas Delgado, Dante Lecca, Brander Alayo, Enrique Tamay, Gloria Díaz, Carmen Mimbela, Medalit Escalante, Lucy Eustaquio, Norma Jiménez, Francisco Vásquez Carrillo, Jhon López y Augusto Rubio Acosta. A 30 años de su fundación, remando mar adentro por la instauración de una conciencia literaria en el país y con una nueva generación de creadores portuarios, continúan aun vigentes las palabras que los fundadores del Grupo publicaron en el manifiesto “Palabras desde el lomo de la isla” de 1977: “Nuestros versos tienen aroma de algas, consistencia de roca, fuerza de viento, de ola rugiente, de mar embravecido. Queremos que nuestra voz llegue a las caletas dormidas en el tiempo, a los villorrios de tierra adentro, a las calles despobladas de alegría de las barriadas costeras, los caseríos de piedra del Ande, los bohíos de palma del llano amazónico, donde viven nuestros hermanos (…) Somos la conciencia de un pueblo que despierta y dirige sus pasos a la liberación final. Definitiva. Eso es lo que escribiremos. Lo que cantaremos”.

Bibliografía

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2.- AYLLÓN, Ricardo. “Apuntes para visión general de la actual poesía chimbotana”. En Alborada / Creación y análisis No 26. Chimbote, 2002
3.- BRAVO, José. “Narradores peruanos de los sesentas”. En Documentos de Literatura No 4. Más ideas, Lima, 1994
4.- CABEL, Jesús. Fiesta prohibida. Apuntes para una interpretación de la nueva poesía peruana 60/80. Ediciones Sagsa, Lima, 1986
5.- CHAMORRO BALVÍN, Sario. Teoría Literaria. San Marcos, Lima, 2005
6.- CUEVA BENAVIDES, Marco. “Isla Blanca. Apuntes para su historia”. En Revista Alborada / Creación y análisis No 26. Chimbote, 2002.
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8.- KISHIMOTO, Jorge. “Narrativa peruana de vanguardia”. En Documentos de Literatura No 2/3. Más ideas, Lima, 1994
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10.- LLAUDY HERNÁNDEZ, Esther. Literatura Latinoamericana y del Caribe. Educativa, México, 2005
11.- MARIÁTEGUI, José Carlos. “El proceso de la literatura peruana”. En 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Sexagésima primera edición, Instituto Cubano del Libro y Universidad del Valle, Cali, 1994.
12.- MARTOS, Marco. “La generación del cincuenta”. En Documentos de Literatura No 1. Más ideas, Lima, 1993
13.- MUÑOZ, Braulio. Alejandro y los pescadores de Tancay. Andrea Lippolis Editore. Italia, 2004
14.- OJEDA, Juan. Arte de navegar. Antología. Arteidea, Lima, 2005
15.- PANTIGOSO LAYZA, Gonzalo. Cuentos del último navegante. Antología. Marea Cultural / Arte y Comunicación, Chimbote,
16.- PANTIGOSO LAYZA, Gonzalo. “Panorama de la literatura chimbotana”. En Revista Peruana de Literatura No 2. Lima, setiembre-octubre,
17.- PINILLA, Carmen. José María Arguedas: ¡Kachkaniraqmi! ¡Sigo siendo! Textos esenciales. Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2004
18.- SÁNCHEZ LIHÓN, Danilo. Trompeta del juicio final. Razón y pasión de Juan Ojeda. Inlec, Lima, 1999
19.- TORO MONTALVO, César. Grandes obras maestras. Literatura Peruana. Tomo IV. San Marcos, Lima, 2005

* Tomado del Libro del Centenario de Chimbote, editado por la Comisión Pro Centenario de Chimbote. Diciembre de 2006.

Give me the power




Dame dame dame dame todo el power
para que te demos en la madre
Gimme gimme gimme gimme todo el poder
so I can come around to joder…

Molotov

Augusto Rubio Acosta

Yo no se quién le habrá dicho o pasado el libro donde ha leído que no todas las personas feministas son mujeres, que algunos hombres tienen (ella dijo tenemos) condiciones para convertirse en líderes y tomar posición dentro del “movimiento” y que había que actuar, o sea criticar, rajar, socavar, minar abiertamente las relaciones históricamente “retrógradas“ en las que vivieron papá, mamá y los abuelos, tristemente motivados por la experiencia femenina. Yo no sé qué diría mi abuela si se levantara de su tumba en el pabellón San Fernando -allá en el Divino- y la viera, pero creo que no andaría en el plan de cuestionar la relación sexo-podersocial-político-económico, y hasta le daría un par de cachetadas a quienes osen remover lo irremovible. El hecho es que ella me ha venido con ese rollo insufrible ya hace buen tiempo y, puta, me jode, me arde y me llega que –aparte de ampliar la biblioteca con títulos feministas y autores light- ande difuminando a diestra y siniestra la desigualdad en que viven las últimas chimbotanas de la avenida Gálvez, La Balanza, Tres de Octubre, Buenos Aires y todo Pardo-Pepao-Colegio-Golfo Pérsico-David Dasso.

“Vamos a acabar con el patriarcado, con ese absurdo histórico en que consiste la subordinación de las mujeres a través de los sistemas políticos, legales, religiosos y sociales…”, me dijo un día después de botar la bolsa de basura, por la ventana que da a la calle. Que el feminismo cultural, el ecofeminismo, que el feminismo liberal, radical, separatista, filosófico y hasta crítico… La vaina es que de a pocos –y me da pena decirlo- como que me he estado acostumbrando a sus vainas (léase reuniones) en casa con las “Tristanes“, especie de Floras postmodernas y trasnochadas, que suelen enfrascarse en tertulias y diálogos (Queirolos de por medio) sino insoportables quizá impensables para un sujeto triste como yo acostumbrado a jatear rico hasta las siete y treinta, a leer incluso a Sartre de mañana, y antes de ducharme tender la cama (porque es la norma del que se levanta al último) antes de salir para el bendito periódico.

Todo –a decir verdad- no hubiera pasado de la anécdota, si es que no la hubiera descubierto hace poco e in situ, en plena aula de la universidad donde enseña, “derramando lisura“ a quemarropa en plena clase de teoría literaria, “porque yo no sólo voy a enseñar literatura, también debo hacer labor docente…”. Así, una tarde-noche en que redacté temprano mis notas periodísticas, salí a la calle, le enseñé mi carnet al vigilante de la entrada, subí hasta el cuarto piso del edificio donde labora y sin querer escuché su voz -cuando estaba en las últimas gradas de la escalera- dirigiéndose a una mancha de hembritas del quinto ciclo y a par de tipos que yo no sé qué rayos hacían en una clase como esa: “Nosotras (las feministas) hemos producido muchos avances en la sociedad occidental y tenemos derecho desde hace mucho al sufragio, al empleo igualitario, al derecho de pedir el divorcio, de controlar nuestros propios cuerpos y decisiones médicas (incluyendo el aborto). Nosotras debemos sacudirnos del lavado de cerebro (con shampú extra liso) que nos dieron nuestras madres y de la publicidad, la religión, la propaganda... Nosotras (que nos queremos tanto) podemos decidir si le damos la teta o no a nuestros párvulos, novios, enamorados o esposos, podemos llegar a puestos de elección, a controlar el país, nuestras casas, el mundo... Por eso, ¡ni Dios, ni patrón, ni marido…!”.

Habráse visto. Ipso facto quise entrar a esa aula, patear la puerta y decirle a sus angelitos sobre las carpetas que ella no era la Flora Tristán de El Progreso ni nada por el estilo, que el conocimiento desarrollado a través de siglos por mujeres con conciencia feminista fue truncado una y otra vez, y que aquellas que reclamaban la subordinación o que se comportaban fuera de los esquemas asignados a su género eran y fueron siempre marginalizadas. Habráse visto… Lo que se imponía a continuación –obviously- eran medidas radicales: empecé por quemar los cuatro tomos de Una vindicación de los derechos de la mujer, los ensayos de Mary Wollstonecraft (la maldita esa debía estar detrás de todo), doné a la Biblioteca Municipal “César Vallejo” la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, (un libro antiguo y anticuado, pero que para algo debía servir -o sea me puse a pensar en los estudiantes-), cachinié los Tratados de la Primera Ola y la Segunda Ola (biblias del “movimiento”), también la Historia de la Teoría Feminista (libro nuevo de 2005) y cambié por dos baldes de plástico, un portacucharas y nueve pollos bebé la Declaración de Séneca y la biografía de Angela Davis, más los periódicos ésos llamados La voz de la Mujer que le llegaban de Buenos Aires.

¿Y tú eres feminista radical o anarco feminista?... pregunté -deprevenido- apenas llegó a casa. “Marxista, papito, feminista marxista en teoría pero radical en la práctica…”. Chucha, -pensé- a la hora en que uno la viene a saborear. Mientras, imaginaba a mi abuelo Marcelino Acosta y lo que hubiera dicho en su fundo de Virú y ante sus peones, con semejante respuesta. Lo único que se me ocurrió fue sacarla a dar una vuelta around here “a que le dé el aire”, a que se me ponga más relax y a sorber con una cañita los cóctel de algarrobina de un viejo y vasco restaurant de la ciudad. Así, mientras me hablaba del matriarcado “compensatorio”, de la “segunda ola” y de la deplorable presencia paterna como “el mayor problema de la humanidad”, me sugirió entre líneas participar de la primera marcha anarco feminista de Chimbote, que ya estaba ad portas de plasmarse “en aras de la libertad individual, la identidad femenina y en rechazo a la naturaleza autoritaria de ciertas instituciones como el podrido Estado Peruano y el capitalismo opresor”. “Yo sé que tú nos vas a apoyar, Gucho, anda Guchito, yo sé que te llegará al rechópin que te jodan tus patas y la mitad de la ciudad por insertarte en el movimiento; piensa, volverás a gritar y a patear (como antes en la barra svr), aprovecharás tu sangre joven (like the song) y hasta podrías gomearte a unos cuantos polis que de seguro formarán una barrera cuando pretendamos tomar la comuna y sacar por la fuerza al chancho desilustrado que la desadministra.

Quise decirle -con mirada triste- que yo no funkaba para esas cosas, que está bien todo ese rollo de igualdad pero que se diera cuenta qué es lo que la rodeaba, que el resto era pura foto, pura pose, teoría decimonónica y pura demagogia, que de aquí a media hora las “Tristanes” se irían a su house a cumplir sus deberes de esposa, de mujer y de amante (porque ya es tarde -mira el reloj- y si no las suenan). Puta, quise decir tantas cosas, se me había subido el trago, creo, y ya estaba medio out, pero la verdad es que también me acordé de mi madre y de las mujeres que me han antecedido. De mi abuela, por ejemplo, que no sabía nada del 8 de marzo y esa onda media punk en que se ha enfrascado ahora esta niña, quien pretende ser una especie de Valerie Solanas postfenómeno de El Niño, fotocopiando el Manifiesto de la Organización para el Exterminio del Hombre para repartirlo en la marcha a las chibolas universitarias que de seguro saldrán (cintura descubierta) con su pancartita en la mano y una banderola larga, larga como su represión históricamente conocida.

“Ah, y no es que me llegue altamente el que la mujer promedio perciba el 30% menos del salario que percibe un hombre, que las cuatro (gatas) o representantes en el parlamento no suenen ni truenen en materia legislativa, y que las mujeres de mi país se pasen más tiempo en casa con los niños que el tiempo que pasamos los hombres, pero a la franca qué rayos se puede hacer: nada... Tú querrás cambiar el mundo, ¿pero y el resto?...”. Estaba en eso, pensando decir que ella la más machista de todas (porque le gustaban los machos) cuando se puso a llorar. Fue un momento terrible, un llanto casi silencioso, largo e histórico. Me dijo que ésta vez no intentaría pagar la cuenta, que en adelante ni siquiera haría la finta o el ademán de coger su cartera a la hora en que Dallas –el mosaico- se acerque con su cara insensible de “ya voa` a cerrar”. Nos fuimos caminando, el malecón permitía una vista espléndida y había un tipo orinando en uno de los arcos. Quise seguir hablando pero mi garganta no vomitó ruido alguno. El ocho de marzo, el ocho de marzo, ¿qué día cae ocho de marzo? –pensé- intentando hacer coincidir la fecha con mi día libre en el periódico. Recordé camino a casa las depresiones de mamá, el empastillamiento de varias tías cercanas y la alienación de mis vecinas acostumbradas a la oficina mientras sus desempleados esposos se adaptan a la fuerza a tender la ropa en la azotea, a sazonar sus cebichitos monses con las fórmulas de Don Cucho y a llevar-traer a la chibolada del cole “porque no hay pa` la movilidá”… Quise decir muchas cosas, hablar de la actitud de propiedad de los hombres para con ellas, pero pensé que si decía algo podría sonar imbécil. Nos fuimos despacio, como quien no quiere llegar a ningún lugar. ¿Te gusta Molotov? –me dijo-, prefiero a otras bandas –respondí-, y ella me llevó a comprar discos, a chequear las letras de canciones desconocidas y a buscar en el “hueso” alguna lectura interesante. Yo no sé quién le habrá dicho o dónde habrá leído que no todos los seres humanos feministas son mujeres, que hay gente con condiciones en el sexo fuerte y que a veces sólo basta con escuchar un disco, tararear una canción y escribir una crónica sobre el poder, sabe Dios con qué objetivo vedado. Chiquita, sólo por curiosidad…¿cuándo es la marcha, ah?...

Sunday, November 12, 2006

UNA EVOCACIÓN DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS


Cecilia Bustamante *

«Tú ves como niño, algunas cosas que los mayores no vemos...»
Los ríos profundos

«Después de los catorce años fui rescatado por la sociedad de los «blancos». Fui huérfano de madre a los tres años. Luego de una adolescencia de trotamundos por el territorio humano y geográfico más diverso y hermoso, alcancé a ingresar a la Universidad de San Marcos de Lima. Murió mi padre cuando acababa de entrar a San Marcos. Ya profesor en el colegio fiscal ‘Mateo Pumacahua’ de Sicuani, en 1939, me casé...»1
Mi padre había viajado al norte del Perú a tentar fortuna. Regresó a Lima en 1939, con varios niños y poca fortuna. Veníamos con grandes deseos de conocer a los abuelos, tíos, primos, cuyas imágenes y nombres mi padre había mantenido vivos en —para mí— fantásticas historias. A la luz de la lámpara de gasolina escuchábamos en la alejada hacienda piurana de Parihuanás sus relatos sobre nuestros choznos, bisabuelos y abuelos en varios lugares del sur del Perú y el norte de Chile. Relatos sobre las más cercanas figuras de sus hermanas menores Alicia y Celia —las que se dibujaban en mi imaginación infantil como dos mujeres extraordinarias. La voz de mi padre se teñía de admiración y cariño al recordarlas. Pusimos por fin pie en el Callao, luego de tres días de viaje por mar desde Paita, Piura, en el barco «Reina del Pacífico». Mi madre viajaba con seis niños, el menor de dos años, y todos nos mareamos. Vino a recibirnos en el puerto, nuestra familia. Sentí para siempre una gran admiración por Alicia y Celia. No eran como otras personas: parecían unidas por un lazo especial de fuerza, una pasión que animándolas les concedía singularidad y belleza. Más tarde comprendí que esa pasión incluía su ideal político y su labor a favor de los indígenas del Perú. Viajaban constantemente por los pueblos de la costa y de las sierras reuniendo objetos de arte popular que más tarde conformaron su famosa colección de «Arte Popular Peruano».2
Alimentaban un agresivo amor al Perú, en defensa de lo nativo y por el reconocimiento de los artistas populares a quienes constantemente ayudaron. Fue natural que se conocieran con José María Arguedas cuando éste llegó a Lima. Alguien lo llevó a ese centro peruanista, indigenista, la «Peña Pancho Fierro» que ellas habían fundado (¿1938?) y que funcionaba en un rinconcito en la Plazuela San Agustín. Allí, artistas e intelectuales peruanos y extranjeros que visitaban Lima convergieron por más de veinte años conformando la vanguardia de la vida cultural peruana3. José María tuvo amores con la bella arequipeña Adelita Montesinos, con quien la vida me cruzó en mi adolescencia inquieta y ella me cuenta la rivalidad que hubo entre ella y Celia por el amor de José María con quien ya se iba a casar. José María se enamora y casa con Celia en 1939 en una fecha que no recuerdo pero que sí dejó algunas imágenes en mi recuerdo4 .
Mis abuelos Josefina Vernal y Luza (nacida en Iquique) y Carlos Bustamante y Gandarillas, arequipeño, vivían en el segundo piso de una casa colonial en la calle Mariquitas 336, en el centro antiguo de Lima. Había más gente que de costumbre, los Bustamante y Moscoso estábamos de regreso en Lima y vivíamos en casa de los abuelos. La abuela estaba ciega desde hacía varios años, Celia era su última hija y la más querida. Ese día la abuela deseaba saber todo lo que estaba sucediendo a su rededor: cómo vestía Celita, qué hora era, quiénes iban y venían. Sabía que su hija emprendía viaje a la sierra luego de la ceremonia. Yo había aprendido a leer muy temprano y me había convertido en su «lectora y acompañante». Deseosa de comunicación, la abuela me confiaba largas historias de su niñez en Iquique y luego su vida de colegiala en Europa, recuerdos de un mundo que había desaparecido. Hablaba a un niño, quien confiamos que olvide. Celita se casaba, me decía, con un escritor que hablaba el quechua y que escribía mezclando el castellano y la lengua nativa. Un muchacho inteligente que había encontrado un puesto de maestro en un pueblo cerca del Cuzco, y que se llamaba Sicuani. Allí llevaría a mi tía Celia cuando se casaran. Lástima que no tenían dinero. Y dejaba resbalar algunas lágrimas en su oscuridad.
—Me llama ‘doña Josefina, la cieguita’; quisiera poderlo ver. Buen muchacho. Un escritor, lástima que van a trabajar tan lejos, pero así son los artistas...
Algo más la tenía triste:
—José no estará aquí. Se casarán por poder, ¿entiendes?
—No, abuela.
—Otra persona representará el novio. Además, no van a ir a la iglesia, ellos no creen en esas cosas.
Suspiraba, se secaba lágrimas de sus ojos vacíos, con su pañuelito con olor a lima que luego escondía en una de sus mangas. No recuerdo quién representó a José, tal vez Carlos Cueto Fernandini, aquel día, entre las maletas a medio cerrar, algunos parientes cercanos, poquísimos amigos. Celia se apuraba, vestida en un traje corto blanco, de dos piezas, tejido a palillos, se la veía muy linda. Alicia, emocionada y chaposa, ponía en orden la partida. Las dos entrañables hermanas se iban a separar por primera vez.
José María, Celia y Alicia formaron una tríada unida por sus ideales y trabajo. Su amiga Emilia Barcia la hizo entrar a Alicia a trabajar en un Jardín Escolar. Lo que Alicia como artista que era, hizo de aquellas actuaciones escolares con sus pequeños, era algo maravilloso de verse: el papel crepé en formas fantásticas, los brillantes colores, los chiquitos parecían duendes salidos de algún cuento mientras danzaban a la primavera en el parque Neptuno. Durante por lo menos un cuarto de siglo su casa fue también posada de los artistas populares que llegaban a la gran ciudad desde las alturas de los Andes. Sus coincidencias eran fecundas y la época de su más profunda búsqueda y producción se dio mientras estuvieron juntos. José escribía sobre un mundo que Alicia pintaba en sus cuadros y Celita hacia real en la naciente colección. Ella apoyó y alentó vivamente a su marido, el escritor serrano que se imponía en un medio tan clasista y superficial como tiende a ser la sociedad limeña. Mis tías conocían ese ambiente y lo desafiaron constantemente al precio de algunos pesares de los abuelos, que las aprobaban en silencio, y al de la censura de algunos parientes con resabios de aristócratas venidos a menos.
La tía y su escritor se fueron a su pueblo de la sierra. A veces llegaban cartas y fotos. Mucho campo, sol, trigo, música: la esencia misma de lo que a ellos les gustaba. Viajaban a otros pueblos, su amigo Emilio Adolfo Westphalen se les sumó en un viaje, con Celia y José enlazados bajo el sol, una fotografía los fijó felices a todos en traje de baño. Tiempo después volvió de visita «la pareja» como los llamaba mi abuela. Entonces conocí a José María. Era un hombre muy sencillo, modesto, dulce. Reconocí en él a los amigos de provincia en las sierras donde habíamos crecido. Su aire infantil nos invitaba al juego, a los cuentos. Resultó ser muy preguntón: quería saber de nuestras historias, lo que habíamos conocido, escuchado, aprendido, comido, jugado; lo que los indios de esos pueblos nos contaban en las tardes.
Recordé el sabor de estas divertidas conversaciones, varios años después cuando tuve en mis manos Canciones y cuentos del pueblo quechua (1947), colección de tradiciones, mitos y leyendas que recogió de las colegialas del colegio donde yo estudiaba y en otros planteles del país. Celia y José se instalaron en casa de mis abuelos. Trabajaban mucho y no se podía jugar siempre con él. Su cuarto era un lugar fantástico para mí. Colmado de objetos de arte popular peruano y mexicano, de alforjas, chullos, quenas, llicllas, un charango, una guitarra, papeles, una máquina de escribir vieja y ruidosa en la que mi tía Celia tecleaba. Era una mezcla de taller y «cuarto donde se vive». José escribía a mano. Tenía lisiada una mano, había escuchado que cuando niño José había tenido madrastra muy mala que lo maltrataba. Supuse que algo tendría que ver con esos dedos encogidos y me daba mucha pena.
José María conversaba mucho con mi abuela en la penumbra del comedor; yo los observaba a través de la mampara, en alguna tarde opaca de invierno limeño que me apretaba el corazón con algo parecido al miedo. Desde mi sillita de mimbre veía que estaban juntos a la cabecera de la mesa, como si él estuviera dando quejas de sus penurias de niño. La abuela sacudía la cabeza, le hacía preguntas, le tanteaba la mano.
Cuando él estaba trabajando, no debíamos entrar a su cuarto. A veces nos llamaban a saludar a algún amigo que querían nos conocieran, a algún pariente, rápidamente. Así conocí a Alliocha, hijo de sus amigos Ortiz Rescaniere. Le tenían especial predilección: era un chiquillo inquieto, vivaz. A él se referiría José María en su carta de despedida al Rector de la Universidad Agraria: Alejandro Ortiz, su discípulo muy querido. Una tarde llegó a buscarlos un joven flaco, alto y narigón. Con las manos en los bolsillos del gabán, aire apurado y una sonrisa simpática. Era Sebastián Salazar Bondy que había retornado de Buenos Aires, luego de su divorcio de una actriz argentina. Ingresó al grupo de sus amigos de la Peña. No hubiera imaginado que mi hermana Alicia casaría más tarde con su primo hermano; este noviazgo nos acercó como familia en mis años de vida literaria en Lima, y sin darme cuenta interferí en sus amores con mi hermana menor, Marcela. (Luego de haber compartido lindos tiempos en la Lima criolla de entonces, nos distanciamos. Siendo un intelectual cada vez más influyente en la cultura peruana de entonces, su enemistad fue uno de los obstáculos más grandes en mi carrera, porque diremos que heredé la de sus solidarios discípulos que Lima llamaba «las viudas de Salazar Bondy».)
Otra vez, en el mes de octubre, en la casa de los abuelos arreglaron los balcones de la casa para que llegaran sus amigos toreros a ver pasar la procesión del Señor de los Milagros, a echarle flores deshojadas mientras subía el incienso al ritmo de la música. Manolete entre ellos, lo mismo Dominguín y algunos otros señoritos toreros que hacían tientas en la hacienda Huando donde vivía mi tía Rebeca de Simpson.. Tuvieron luego, una casita de playa en el puerto de Supe, al norte de Lima. Era entonces un puerto quieto y hermoso, sin fábricas de harina de pescado. Allí invitaron año tras año a sus amigos de la Peña y después de la temporada comentaban con mi abuela los amoríos y acontecimientos del verano: los de Blanca Varela con Gody Szyszlo , o Sebastián. Los de mi exótica y seductora prima Nita, que era su favorita. Visité una vez esa casa o rancho, cuando aún no estaba terminada de construir, algunos cuartos sin techo, un patio mirando hacia el mar, macetas por todos lados, conchas incrustadas en las paredes de los baños. Y cuadros de pintores indigenistas en las paredes del comedor. Pasaron en Supe con sus amigos pintores, poetas y músicos, inolvidables veranos.
«Ella (Celia), su hermana Alicia y los amigos comunes, me abrieron las puertas de la ciudad de Lima, me hicieron más fácil mi no tan profundo ingreso a ella y, con mi padre y los libros, el mejor entendimiento del castellano, la mitad del mundo. Y también con Celia y Alicia empezamos a quebrantar la muralla que cerraba Lima y la costa —la mente de los criollos todopoderosos, colonos de una mezcla bastante indefinible de España, Francia y los Estados Unidos y de los colonos de sus colonos...» 5
Otro día mi abuela mencionó que José estaba terminando un libro, y que no había que entrar a su cuarto, ni tocar algún papel.
—Va a publicar un libro nuevo. Tu tía Alicia ha hecho los dibujos, las viñetas se debe decir.
Sí, ya lo sabía. Había visto a Alicia ante su caballete. Me gustaba verla pintar, pero la importunaba haciéndole muchas preguntas que no sabía indiscretas. Como por qué todos eran tan amables con los primos ricos. Otra de ellas, la irritó tanto que me dio con la paleta en la cabeza, salí disparada y resentida. Así que no le conté a mi abuela cómo eran sus nuevos dibujos y menos sobre los cuadros que estaba pintando. Por lo general, le leía las notas sobre las exposiciones, también lo publicado respecto a José María. No entendía yo gran cosa pero reconocía algún nombre, mi abuelita disfrutaba mucho y se llenaba de orgullo:
—Lee eso de nuevo, cómo dice... ¿excepcional, auténtico?
Poco después apareció Yawar Fiesta. El día que llegaron algunos paquetes, no se podía ni caminar. Algunos amigos, mis otros tíos y tías, mis primos, todo era un alborozo. La abuela me llamó más tarde después del lonche, como siempre, para que le hiciera conversación. A la cabecera de la enorme mesa, esta vez me di cuenta que no iba a escuchar la radio.
—Ven, Yola, léeme ahora el libro de José. Dime bien cómo son las viñetas.
Y sacó de su regazo un ejemplar nuevecito, se trataba de un libro de muchas páginas que le describí minuciosamente, el pie de imprenta, todo. Mi abuela que había crecido en Europa, regresó al Perú a los 26 años para casarse con el señor Bustamante, de Arequipa. Ella hablaba cinco idiomas, pero prefería el alemán: sabía de memoria poemas de Goethe, Schiller. Al leerle Yawar Fiesta nos deteníamos en las palabras quechuas.
—Parece alemán. ¿Le gustará a la gente el uso del quechua en un libro?
«¿Qué soy? Un hombre civilizado que no ha dejado de ser, en la médula, un indígena del Perú; indígena, no indio. Y así he caminado por las calles de París y Roma, de Berlín y Buenos Aires...»
Cuando terminábamos de cenar en la larga mesa presidida por mi abuela y a la cual se sentaban mis tres tíos, los siete nietos de entonces y mis padres, mis tíos elegían algunas noches a un par de nosotros para ir con ellos al Correo Central en la Plaza de Armas a depositar sus cartas. Nos llevaban de la mano en la niebla de Lima, a veces bajo la garúa. Lima no era todavía una gran ciudad despersonalizada. Tenía un discreto sabor colonial, con sus balcones coloniales que se veían en la noche como cajitas de encaje dibujadas por la luz interior. Ellos comentaban a veces la última reunión en la Peña, su trabajo. Aunque no captaba sus conversaciones mayormente, sentía que los tres poseían algo que me hacía verlos diferentes.
Otras noches, José nos iba hablando en quechua, haciéndonos recordar lo que habíamos aprendido en nuestras vacaciones en Huariaca, el pequeño pueblo en la zona minera donde mi padre se había establecido para vender madera a las minas. Nos enseñaba algunas frases que cuando las estrenábamos con nuestros amigos del pueblo, resultaban ser chistes colorados o palabrotas. Algunas hasta ahora las uso. Mis tíos viajaron también a México y luego hablaban mucho de ese país. Tuvieron gran amistad con el revolucionario mexicano Moisés Sáenz. Una fotografía suya estaba en lugar preferente, al lado del caballete de mi tía Alicia. Décadas después, me crucé en Estados Unidos en alguna reunión cultural, con una sobrina de Sáenz quien me habló queriendo confirmar detalles de aquella relación amorosa. Los tíos hablaban del arte popular peruano y mexicano, amenazado de ser destruido por el turismo, la pobreza y el abuso contra los indios. Cuando se ponían a trabajar, estaban a una gran distancia en un mundo que yo admiraba y que los hacía vivir como sólo ellos eran.
Alegres, jóvenes, apasionados. Todo lo que los rodeaba adquiría un acento de belleza y plasticidad. Sus ropas, sus cosas, la disposición de los muebles, sus souvenirs, algunas plantas, los gatos, sin los que José no podía estar. Los veo aún: José rasgueando su charango en el ocio de una tarde feliz, cantando suavemente huaynos que me eran familiares; o, sino también el estentóreo «Wifalalaaaa! Wifalalaaaaa!». De vez en cuando se lanzaba a bailar. José era como un niño más en la casa. Lo admirábamos en parte porque mi abuela nos había enseñado a respetar el talento, la inteligencia. Cuando nació mi hermana Nora, mi madre le pidió que la llevara a la pila del bautismo. A José le agradó mucho eso de ser padrino.
«Desde 1943 me han visto muchos médicos peruanos... y antes padecí mucho con los insomnios y decaimientos...»6
Después que terminé mi secundaria, veía poco a José María. Alguna vez me buscó en el diario La Crónica donde trabajaba y me pidió mis poemas; José Flores Araoz me había publicado en la revista Cultura Peruana y le dio curiosidad, así que le llevé un folletito a su oficina del Museo. Estaba nervioso, distinto, tenso. Viajaba mucho, se había vuelto famoso, y se había mudado varias veces huyendo de los ruidos que lo perturbaban fácilmente, los ladridos de los perros, las peleas de los gatos, las estridencias de los vecinos, el ruido callejero. Algo se derrumbaba sutilmente entre ellos y el amor pereció en este caos. Se separaron en 1964, habían compartido la vida más de veinte años; ella no lo había acompañado en sus viajes, él iba con frecuencia a Chile por atención psiquiátrica.
Toda mi numerosa y conservadora familia no pudo comprender nunca por qué José dejó a Celia y menos, que hubieran resuelto comunicarse hasta el final. Mi abuela sí lo hubiera entendido.
Pero ya no estaba viva entonces. Disintiendo con la política familiar, yo iba a buscarlo a veces en la Galería de Arte donde trabajaba su nueva mujer, la chilena Sibila Arredondo. Una vez estuvimos tomando café en el «Viena» con Ángel Rama, al lado de la Galería. Yo planeaba salir del Perú, ya estaba casada y tenía tres hijos pero quería viajar, de eso hablamos, como al ir a México había decidido volver. Me dio nombre de algunos amigos, lo mismo Ángel a quien no volví a ver sino en Austin en un Congreso. También se quejó de su salud, José estaba muy tenso era verdad, era fines el año 1968. Fuimos a la Galería porque me dijo que quería conociera a Sibila: era una mujer joven, ojos de expresión profunda, vivaz, con un velo cálido en la mirada. Me quedé sorprendida, se parecía en algo a mi tía Celia.
Alicia y Celia continuaron viviendo juntas. Alicia sufría un enfermedad que la inhabilitó físicamente, hoy creo que fue el mal Lou Gherig. Trabajó hasta cuando pudo en el Museo y Luis Valcárcel al ver las dificultades que tenía para movilizarse, le cedió su Despacho de director en el primer piso. Murió en brazos de Celia el 27 de Diciembre de 1968. Recordándola, José María escribió en el diario El Comercio el que sería uno de sus últimos artículos:
«Alicia Bustamante Vernal formaba parte de la élite artística limeña, teóricamente convencida del ilimitado destino que ofrece el arte y la cultura peruana, el arte llamado indígena... en sus apasionados viajes por los pueblos serranos llegó a cumplir una función inestimable... llegó a ser solamente lo que tantas veces se ha dicho de ella: que fue quien ofreció a Lima por primera vez una exposición de arte popular peruano (1939), por primera vez alcanzó la hazaña de exponer el arte tradicional peruano en las capitales europeas (1959), todo esto sin haber tenido nunca fortuna personal; pero aún así no fue ésta la mejor obra de Alicia Bustamante. Igualmente importante fue que ella se convirtiera en un puente vivo entre los dos mundos culturales aún hoy muy separados y que estaban mucho más cuando ella salió s los pueblos a recopilar el arte indígena. Transida por las luces y los amores a la obra de todos los artífices indios y mestizos a quienes ella se acercó, pudo a su vez mostrar a esos artífices el cambio que estaba operándose en el otro universo social del país. Ella, Alicia, tenía la facha, el rostro típicos de los menospreciadores que formaban la casta de los dominadores, pero Alicia era distinta. A pesar de no hablar quechua ella se ganaba en instantes... la confianza y el afecto de los alfareros, tejedores, imagineros... convencía de que no todos los «mistis», no todos los «blancos» eran sordos y como hechos de otros materiales misteriosamente impenetrables y odiosos... Sin duda le debe mucho a Alicia Bustamante la difusión del arte popular y lo que este hecho representa para la cultura peruana... nadie duda que a nadie le debe más el país que a ella.»
José María se suicidó finalmente y murió el 2 de diciembre de 1969. Mandó llamar a Celia en su lecho de muerte, a su amigo Carlos Cueto le tuvo al lado. Y muchas personas habían, mis tíos habían sido del Partido Comunista, y se percibió en estos dos grupos los divisionismos de la izquierda de entonces. Unos demostraban simpatía y apoyo a Celia, otros a Sibila. Su entierro fue un acto político, no había dinero suficiente para su tumba, Alicia Maguiña inició una colecta. No tuvo hijos. Celia lo sobrevivió hasta 1973, murió trágicamente el 25 de agosto de ese año. Camino a Supe. En un artículo en El Comercio, firmado con las iniciales H.B.G. el 14 de septiembre del mismo año, se dice de ella: «El país ha perdido a una mujer excepcional que dedicó su vida a las más altas manifestaciones del espíritu. Se reafirmó en su condición de infatigable promotora del arte popular... hasta el último instante de su vida, Celia, como antes su hermana Alicia, estuvo dedicada a la colección, cuidado e incremento de la «Colección de Arte Popular Peruano».
Terminaron así, separados y víctimas al final de un medio tan inclemente como es el Perú para con sus creadores. José María y Celia no dejaron hijos. Alicia no se casó, irritó sí algunos convencionalismos limeños. Dejaron muchos libros, algunos cuadros, su magnífica colección de arte popular. Todo fue disgregado lamentablemente por la propia familia. Sin embargo, tenía yo el propósito de tratar de reunir sus documentos y tener en la Universidad de Texas en Austin un Centro de Documentación y Archivo José María Arguedas, lo que no se pudo hacer. José Miguel Oviedo, que andaba de visita entonces por Austin, me dijo al descuido: «Olvídate... es una tarea imposible... si parece que nunca hubieran existido...»
Pero conforme pasan los años, parece que se los escuchara cantar cada vez más fuerte con el maestro Oblitas de Los ríos profundos:
Aún estoy vivo,El halcón te hablará de mí,La estrellas de los cielos te hablará de mí,He de regresar todavía,Todavía he de volver.
1. Entrevista con Tomás Escajadillo, en Juan Larco, ed., Recopilación de textos sobre José María Arguedas, La Habana, Casa de las Américas, 1976.
2. Donada en vida de ambas hermanas a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima y al pueblo de Cuba. Celia viajó a Cuba con ese fin en 1971. La confunden conmigo en el Aeropuerto de Barajas y me despiden de mi trabajo en el Consulado de EE.UU. en Barcelona. Cuando se encontraba dedicada a entregar la otra parte de la colección a la UNMSM, muere en un accidente el 25 de Agosto de 1973 en el pueblo de Barranca, lo que no se descubrió hasta varias semanas después. Su labor quedó inconclusa.
3. La escritora puertorriqueña Concha Meléndez dice en un recuento de su viaje al Perú: «La Peña Pancho Fierro es un sitio de reunión de las gentes de letras y arte de Lima... Dirigen la Peña dos muchachas jóvenes, inteligentes, limeñas en la gracia y en el tipo: Alicia y Celia Bustamante. Mirándolas reír, conversar... recordaba las observaciones de Radiguez (sobre las limeñas), José Sabogal pintó el retrato de las dos hermanas en grupo. Me presentaron a Xavier Abril, Emilio Adolfo Westphalen, Enrique Peña Barrenechea, Jose Hernández, Alberto Tauro, Orestes Plath, Martín Adan, César Moro, José María Arguedas, el cuentista de «Agua...» Entrada al Perú, La Habana, 1941, pp. 48-50.
4. La partida de matrimonio y unos pocos documentos de los tres, los doné a la «Nattie Lee Benson Collection» de la Universidad de Texas en Austin.
5. Carta a Gonzalo Losada, Revista Oiga, Lima, No. 353, 1969,pp. 17-18.
6. Carta a Sibila Arredondo, Revista Visión del Perú. Lima, 1970. No. 5, pp. 28-29

* Cecilia Bustamante es escritora, poeta, periodista, editora y conferencista de origen peruano. Recibió el Premio Nacional de Poesía del Perú. Su obra literaria ha sido traducida y publicada en varios idiomas. La presente nota es una versión corregida y aumentada de otra que apareció en Eco, Tomo XLI/2, No. 248, Junio, l982, Bogotá, Colombia.

EN BLANCO Y NEGRO *



Para Lucita Eustaquio y para
Fernando Bazán Blass.


Augusto Rubio Acosta

Lo han quemado todo. Han volado el alambique, las máquinas, los edificios y el ingenio. Puente y Palo Seco han quedado en llamas... ¿Ves esa luz del fondo?... Todo eso era la hacienda, y esa luz ahora es fuego, Mariano, el blanco y negro, el fuego de esta guerra… Arroz, azúcar, alcohol, los chilenos se han llevado hasta los caballos y las vacas. A esta hora ya nada queda en Chimbote, nada carajo, si todo lo han quemado esos mierdas...
Es lunes, está anocheciendo en el mar y Pablo deja caer unas lágrimas a bordo de El Silencio. Al fondo, sobre la franja costera y haciendo a un lado la bandera italiana que flamea en la nave, se elevan enormes lenguas de fuego. Las balas silban sin cesar en las calles del puerto, las mujeres gritan y los niños lloran; muchos continúan llegando hasta la escala del barco pero no hay espacio para todos. Hasta los esclavos coolíes de los ingenios de azúcar han escapado de los asesinos y han venido a pedir apoyo porque no tienen a dónde ir. Todo es un caos. Desde el viernes sólo hay saqueos, muertes y embarque de mercaderías. La Chacabuco ya no tiene bodegas, igual sucede con las otras naves. Y esta negra y espesa humareda continúa tiñendo el cielo de la bahía que se ilumina con la luz siniestra de los petardos y el incendio en la estación del ferrocarril…

- ¿Cómo se llama, señora?
- Cayetana.
- Pase usted, por favor, suba a los niños... Se quedarán en mi camarote, ¿le parece?... Mariano, dale mis llaves, que les den de comer algo, que les cambien de cobijas... No, señora, guárdese ese dinero; le hará falta, sabe, aunque aquí no haya nada que comprar...

Debo enviar mis notas informativas mañana, ponerlas en dos colores que el periódico ya no espera. He estado callado casi cuatro días. Desde el viernes 10 que empezó todo esto “La Patria” no recibe ninguna crónica, pensarán que algo malo me ha pasado. Voy a la Aduana, a lo que queda de ella. Dertreano, el hacendado arruinado, ha convocado a una reunión en una casa de la Calle del Comercio. El pobre se va a Lima, pero igual ha dicho que financiará a la guerrilla. Vengo pronto, Mariano, si hay demasiados soldados traeré a todos, haremos la reunión aquí.

Anoche que Pablo y los muchachos vinieron, me recorrió el cuerpo una especie de escozor. Será que hablaban de volar la Itata o la O´Higgins que llegó ayer, cargó hoy y se va mañana. Será que todo esto de las armas, el soldado chileno muerto que amaneció en La Cuesta, la guerrilla que se ha organizado y la gente que llega hasta aquí a preguntar la manera de unirse, como que me ponen nervioso. Anoche Pablo y la gente hablaron también de matar a Lynch. Dijeron que a su regreso de Supe con los rifles y los cañones de sitio, podrían cogerlo apenas salido del muelle, que no importará lo que suceda luego porque ya han visto demasiado, que por sus mujeres violadas y sus hijos muertos lo matarán mil veces...

- Usted es un hombre valiente, señor Aróstegui, aunque no lo parezca…
- Un periodista tiene al menos algo de valiente, Cayetana, y llámame Pablo, por favor.

Cayetana sonríe, le habla de su esposo muerto en el incendio de Puente, le muestra su reloj de plata, el dinero y los bonos bancarios que lleva; le pregunta:

- ¿A qué hora vendrán todos?
- En media hora. La Itata debe estar entrando en Chimbote a las nueve, ya todos están armados y avisados. Las joyas, el dinero y la chafalonía de las cajas, Cayetana, puedes guardarlas aquí en mi camarote, estarán más seguras.
- ¿Y Mariano?, ¿no te acompañará?
- A Mariano, la verdad, no lo entiendo. Esperaba mucho más de él, no se qué tiene... Igual habrá que arreglárselas, nos bastaremos…

… ¡Qué te pasa, Mariano, qué mierda tienes!... ¿Acaso te vas a orinar ante los sucios chilenos?... ¿qué no ves que a todos aquí y hasta a los italianos de El Silencio, el Paulina y la Catherine, nos jode, nos arde carajo, el incendio en Palo Seco, lo del tren, lo de la Aduana?... ¿Qué no ves los cientos de mujeres que han violado esos perros en la Alameda, en San Víctor, en San José y los niños muertos?, ¿acaso eres ciego?, ¡no te mueve, por Dios, el incendio, la destrucción de Chimbote!...

Pablo piensa que soy un insensible, que me importa un carajo la situación de la gente y todo lo que se vive. Él no sabe, no entiende… Yo no tengo por qué morir, por qué perder… Mañana debe llegar la Itata con las armas y con Lynch; debo levantarme temprano y ver lo de Cayetana, ir al muelle antes que aclare; a esta hora ya deben haber leído el mensaje que dejé en el cuartel de la Alameda, es cuestión de esperar, de estar preparado…

- Tengo un mal presentimiento.
- Espero que sea malo, muy malo Cayetana, pero no para nosotros. Ya he visto demasiado, sabes. Vengo de cubrir lo de Tarapacá y la toma de la plaza de Arica, ya no doy más, la verdad. Voy a terminar abandonando el periódico, mi casa, enrolándome en la guerrilla. Hay cosas, Cayetana, con las que uno no puede vivir ni dormir tranquilo…
- Te deseo lo mejor, Pablo, que Dios te guarde. Mis niños y yo rezaremos hoy por tu buena salud. Toma, te obsequio mi medalla; úsala, Santa Rosita te cuidará… Ojalá este barco nos lleve lejos, lejos de Lima, Pablo, porque dicen que los chilenos pronto desembarcarán allá.
- Yo nunca he visto tanta barbarie como aquí en Chimbote, tanta dinamita, tanta sangre y tanto fuego… Pero ya me decidí. Dejaré mi espacio aquí en el barco, ahora soy otro, me voy con los muchachos a continuar la guerra…

¡Marianoooo!..., ¡Marianoooo!..., ¡mierda, carajo, que no escucha ese imbécil!... ¡Vamos muchachos, quémenlos a todos, disparen, carajo!, ¡fuegoooo!...

Las balas silban en el muelle. Treinta hombres se enfrentan a tiros a la columna de cazadores del Colchagua que bajó de la Itata. Lynch ha recibido un disparo en el brazo y está sangrando.

¡Carajo, por qué no explotan las cargas!..., ¡qué mierda pasa, dígame alguien qué mierda pasa con el muelle!..., ¡Mariano, dónde está Mariano!..., ¡disparen, muchachos, quémense a todos los chilenos que puedan!, ¡Fuego y más fuego!..., ¡Fuegoooo!...

A veces no basta, Pablo, con ser valiente. Una cosa es tener valor y otra ser cojudo. ¿Qué mierda vas a ganar matando a Lynch?, ¿acaso vas a poder hacerlo?, ¿le vas a cambiar el destino a esta guerra acaso?... Carajo, soy peruano pero no imbécil. Por lo pronto ya me hice de las joyas y el dinero; Cayetana se puso difícil: tuve que encargarme de ella y de los mocosos, lanzarlos por la borda… La dinamita bajo la estructura del muelle tampoco reventará, me he encargado. Ay, Pablito, soñador, cojudo, periodista tenías que ser…

No me ha dado miedo morir, Pablo, la verdad. Cuando uno defiende a sus hijos, lo suyo, el país que uno tiene, la muerte es casi natural cuando llega… Ahora que te veo pelear con la camisa rota, desesperarte, arengar a los muchachos, y veo también como los ojos se te llenan de angustia, me arrepiento porque debí seguirte, cargar a los niños e internarme en la negra y humeante cabellera de fuego en las calles del puerto, apoyar la resistencia, hacerle frente a mi destino… Santa Rosa te cuidará, Pablo, piensa en eso, todo estará bien…

Son las doce, acaban de fusilar en La Cuesta a los dos últimos que se resistieron a declarar, y ya nos vamos. Dejamos este lugar de mierda que en fondo no es tan feo sino bonito, la isla esta que parece un dinosaurio durmiendo, el cerro negro coronado por el polvo espectral de las nubes y los ranchos ahora ennegrecidos por el fuego y las pisadas de botas en las arenas de la playa… Nos vamos, me voy por fin, y es como si todo quedara reducido aquí a dos colores: en blanco y negro partimos, nos vamos de Chimbote y seguro no volveré a pisar más este lugar; te quedas Pablo, por cojudo: bien muerto; todo estuvo bien hasta que decidiste cruzar la línea, traspasar lo que jamás debiste traspasar, pretender organizar lo inorganizable, la utopía posible, enseñarle a los chimbotanos a querer lo que les es ajeno, abrirles los ojos, hacerles sentir…

Tomado de la revista Mundo Cachina Nº 4. Chimbote, octubre de 2006